Estamos llegando a esa época del año donde no sabemos a donde correr, a donde llevar a nuestros niños y de donde sacar esos juguetes de moda, aquellos que seguramente estarán agotados cuando salgamos a hacer las compras de último momento (ya que como siempre, o no teníamos el dinero en la mano o nuestros pequeños cambiaron de decisión al ver el comercial en el cual acaba de salir el juguete nuevo, y por supuesto… no hace un par de semanas cuando hicimos la compra navideña).
Es aquí donde sería conveniente hacer un alto…tomarnos un respiro y sin caer en la contracampaña de todos los años (“Regale afecto, no lo compre”), simplemente darnos cuenta de ¿qué tan sano es fomentar una actitud de compra en esta época? ¿qué tan es sano el que los niños vean que podemos ser amables, civilizados y hasta amorosos con el mundo una vez por año, durante 15 días, y después olvidamos eso y todo regresa a la normalidad?
El final de un año, el final de un ciclo significa, en muchas culturas, un tiempo de reflexión, de revaloración de lo que hemos hecho y lo que hemos dejado de hacer, el momento de hacer conciencia de nuestros errores, defectos y olvidos (como el ser amable o menos humano con los demás).
No queremos decir con esto que no se obsequie nada en estas fechas, es más, creo que todos tenemos hermosos recuerdos de los regalos de Navidad y estos son los recuerdos más dulces que muchos tenemos; la cuestión sería el hecho de pensar en la actitud que queremos mostrar a nuestros niños e incluso a nosotros mismos.
Si queremos que sea un momento de crecimiento personal del cual podemos obtener un beneficio y con este ejemplo nuestros niños también, una buena oportunidad de convivir con la familia y el entorno y darnos cuenta de que tal vez no necesitamos un pretexto como adornar la casa o adornar el árbol, o simplemente lo dejaremos pasar, como tantas Navidades, como los propósitos, los cuales no cumpliremos… como cada año.
Finalmente, la decisión de qué ejemplo damos a otros y a nosotros mismos, es de cada quien.